Siempre vivo
- Siempre vivo
¿Cómo vive un hombre aun después de sí mismo? ¿Cómo permanece? ¿Cómo existe?
Pudieran ser esas las preguntas de quien no lo conoció, o de quien, por el odio y la ceguera que provoca se negó a hacerlo. Pero hay una manera en la que un hombre se hace eterno, en la que un siglo de existencia es solo un breve tiempo para la eternidad que lo acompaña.
Es algo poco común, pero cuando sucede, es tan fuerte el sentimiento que apuntala esa sobrevida, que no existe fuerza conocida capaz de arrancarlo del pecho de la gente. Porque es de ahí de donde proviene, del pecho, ese lugar donde se siembran los seres excepcionales, los que viven más para otros que para sí mismos, los que hacen del dolor ajeno el suyo propio, los que no piden justicia, sino que luchan hasta el último aliento por ella, los que creen siempre en el triunfo, pero no en la suerte, sino el valor del sacrificio infinito para conseguirlo.
Cuando un pueblo tiene un hijo así, un hermano así, un padre así, se niega rotundamente a dejar que se extinga en la neblina eterna del tiempo, y lo convierte en sol, y en cielo, y le da el privilegio perdurar porque puede, porque quiere, y no hay nadie que le niegue ese derecho.
Quien gana el corazón de un pueblo lo hace de una vez y para siempre, porque los pueblos nobles y valientes son también agradecidos, sinceros, recíprocos, e incapaces de olvidar.
Por eso, si alguien se hace todavía esas preguntas (¿Cómo vive un hombre aun después de sí mismo? ¿Cómo permanece? ¿Cómo existe?) podremos responderle, desde la izquierda del pecho y del pensamiento, que ese no es un hombre cualquiera, que ese que perdura y surca el tiempo con sus pasos es Fidel Castro Ruz, y que la sola mención de su nombre en cualquier rincón de este planeta, encarna mucho de lo más elevado, transparente y justo de la condición humana.

