Henry Reeve, 150 años después
- Henry Reeve, 150 años después
A los 26 años casi que ha acabado de brotar la vida. Solo se ve un largo camino hacia adelante. ¿Qué obra, qué legado se deja en las dos primeras décadas de existencia? No resulta una suerte de destino común quienes han trascendido casi imberbes por entregarse a los demás. Luego, aquellos cuya luz resplandece, jovencísimos y lúcidos, parecieran –y lo hacen– marcar el rumbo colectivo.
Ofrendar la vida por otros, por el bien ajeno, es una de esas decisiones que trazan derroteros, que iluminan sobre las oscuridades humanas. Así recuerdan las ciudades y los poblados cubanos a un joven que, venido desde Brooklyn, Estados Unidos, a los 19 años, no encontró espacio para el miedo: a la intemperie de nuestros campos tejió sus sueños, en las batallas por libertar a Cuba curtió su carácter.
No le temió al yugo colonial. Durante siete años, compartió suelo, alimentos y contienda con criollos sin zapatos y machete en mano. La muerte se le acercaba y se apartaba después, como quien respeta, por su grandeza, al adversario.
El joven mambí estadounidense que sobrevivió a un fusilamiento, que participó en el legendario rescate del brigadier Julio Sanguily, que se ganó, a golpe de coraje, el grado de General de Brigada, y la admiración de Gómez y Agramonte, no es un extraño o un extranjero, es una leyenda tan nuestra, como sus victorias en la gesta independentista cubana.
Se yergue en la memoria de la manigua, aquel que hizo sol de sus sombras. El que, tras quedar lesionado en la pierna derecha durante un combate, se adaptó una prótesis y diseñó un sistema de correas y muelles para fijarse a su caballo. Se reinventó nuevas formas para no abandonar la lucha que lo había traído hasta otra geografía que no era su cuna, porque no le fueron indiferentes la obstinada esclavitud y la soberanía no alcanzada aún.
Henry Reeve –El Inglesito, como le apodaron en estas tierras también suyas por derecho de valentía– resolvió quitarse la vida, de un disparo en la sien, el 4 de agosto de 1876, antes que entregarse vivo al ejército español. En Yaguaramas, un pueblecito villareño, escogió la inmortalidad que solo ofrece el decoro antes que una vida truncada por la cobardía. Tenía 26 años.
De esas formas quijotescas funciona la solidaridad, que bien conocemos y practicamos los cubanos. Tanto por darla como por recibirla. A sabiendas de ello, Fidel no tuvo reparos en elegir el nombre de ese mambí para denominar al Contingente Internacional de Médicos Especializados en Situaciones de Desastres y Graves Epidemias, «una organización que hasta hoy no tiene precedente en el mundo», aseguró en 2005, y los más de 50 países donde ha prestado servicios en estos 20 años, dan cuenta de ello.
Sobre su creación, el propio Comandante relató que, el 12 de septiembre, en horas de la noche, se entregó al periódico Granma una nota informativa, que daba a conocer la creación, el día 19, del contingente. La primera misión de la brigada –«apoyar al pueblo de Estados Unidos tan pronto el Katrina golpeó con toda su brutalidad el sur de ese país»– fue rechazada por el Gobierno de la nación norteña. Sin embargo, el impulso de la solidaridad ya había nacido. Y hacer historia en otras tierras cual si fuese la suya –como El Inglesito– sería el camino por seguir.
«Su objetivo no será solo apoyar a una nación determinada, sino cooperar de inmediato, con su personal especialmente entrenado, con cualquier país que sufra una catástrofe similar, especialmente los que enfrenten grandes azotes de huracanes, inundaciones u otros fenómenos naturales de esa gravedad», dijo entonces el líder.
Más de ocho millones de personas atendidas después, y con una cifra de vidas salvadas superior a las 166 000 alrededor del mundo, la Henry Reeve no sabe de excusas cuando se trata de la atención médica dondequiera que se les necesite. Su estirpe es fácil de reconocer: es la de aquellos hombres y mujeres que, osados y temerarios, le dan la cara a la muerte y le tienden la mano al amigo.

