La metáfora de la vida
- La metáfora de la vida
El pinchazo de «Buenos días» se ha vuelto habitual para Lisnatali y Anyeli. Tienen 17 y 16 años respectivamente y, aunque se conocen hace poco tiempo, las une una experiencia «espantosamente dolorosa» que, sin embargo, sobrellevan con tanto valor como alegría. Y esos son, sin duda, sus tratamientos más efectivos.
La mayor fue la primera en ingresar. Hace apenas un mes –después de pasar por varios centros– en el Hospital Pediátrico Docente Juan Manuel Márquez le diagnosticaron Linfoma Hodgkin de variedad esclerosis nodular. «Desde que cayó aquí le han hecho de todo: radiografía, tomografía, biopsia, medulograma, en menos de 15 días. El trato es especial, en la sala de Miscelánea, en la de Cirugía, en esta», asegura, con la esperanza en el iris de los ojos, su mamá.
La menor padece una mola hidatiforme –trastorno del embarazo acompañado por una forma de cáncer. Tras saberlo, lo primero que preguntó fue si se le caería el pelo con las quimioterapias. «Cuando escuché el “sí” yo me derrumbé. No podía aguantar el llanto, me asusté bastante. Antes de entrar mi mamá me peló». Ella y su abuela también cortaron sus cabellos. Pensó que los tratamientos la afectarían sicológicamente, pero los médicos y enfermeros no dan tiempo a que «baje el ánimo» y evitan cualquier dolor que esté en sus manos.
La una quiere estudiar sicología, para ella, para entenderse, ayudarse. Y sí, es evidente que, en buen cubano, «le nace». Ha sabido darle ánimo a su compañera de sala cuando comenzó –como a ella– a caérsele el pelo. «Es una cosa exótica», le dice. La otra estudia enfermería. «Cuando entré ya yo sabía lo que tenían que hacerme. Y cuando lo supieron aquí me hicieron partícipe de todo». Su voluntad ante lo que hoy enfrenta, su persistencia por vivir tiene mucho de ese amor por la profesión que ansía terminar de estudiar. «En cuanto salga volveré a la carrera, a hacer guardias, a ayudar», asegura con una firmeza que nadie puede negarlo.
DESDE EL LADO DE LA BATA
También la «vocación» es lo que, en estos momentos, en el que resulta complejísimo lograr un equilibrio entre las dificultades personales y laborales, hace que los especialistas cubanos de la Salud permanezcan en sus puestos de trabajo. Esa es una certeza que defiende el doctor Andy Hernández Álvarez, especialista en oncología clínica pediátrica y jefe de ese servicio en el Juan Manuel Márquez.
«El profesional que se mantenga en pie merece respeto. Nosotros elegimos quedarnos. Creo que lo más fácil es ocuparse de los problemas que nos están afectando, pero aquellos que amamos lo que hacemos y que lo sentimos en nuestra piel no podemos dejar a los pacientes atrás. Hacerlo es muy difícil: la llegada al trabajo, el transporte, el agotamiento físico y sicológico, las horas de mal sueño».
Posponer cirugías, ampliar las listas de espera, fragmentar los servicios médicos, porque los especialistas no pueden llegar, son solo algunas de las medidas que se han debido tomar en esa institución tras el recrudecimiento del bloqueo y el cerco petrolero que presiona al país.
«¿Qué hacemos cuando tenemos que subir hasta el séptimo piso a un paciente en medio de una caída del Sistema Eléctrico Nacional? Echarlo en brazos y andar escaleras arriba. Esa es la parte que las noticias del otro lado no ponen», cuestiona Hernández Álvarez.
Ese hospital es centro de referencia nacional en servicios como neurocirugía, oncohematología, siquiatría, terapia y neonatología. Es el único servicio pediátrico que recibe a los pacientes quemados, cuenta con la sala de oncohematología más grande del país, la terapia más grande de la capital. «Somos un sostén de la pediatría».
Aunque desde afuera la oncología se mira con temor, para él no es un tema difícil. «Hay otras especialidades más complicadas –asegura. Cada profesional ve las cosas desde su perspectiva». Para entenderlo hay que tener en cuanta –dice– «que yo fui paciente oncológico pediátrico a los 13 años. Sé lo que es estar del otro lado de la bata. Y eso es lo que no se le puede olvidar a ningún médico: la empatía».
De sus propias vivencias le llegó la vocación. «Siempre quise ser médico, desde pequeño quería ser veterinario. Luego comenzó mi conciencia de las enfermedades, de todas las complicaciones y supe que quería ser médico, precisamente para ayudar a aquellos que estaban en la misma situación que yo en ese momento».
COMPROMISOS
Es ese sentido de pertenencia el que, cuando la ayuda se abre paso en tiempos de asfixia, la única palabra que describe lo que sienten los trabajadores del hospital es «alivio». Porque «no existe nada más satisfactorio que tener el medicamento. El alivio es por saber que puedes tratar, que puedes continuar, que puedes luchar y, sobre todo, que puedes hacer que tu paciente permanezca».
Así se sintieron cuando el proyecto Hatuey (Health Advocates in Truth, Unity and Empathy– Defensores de la Salud en la Verdad, la Unidad y la Empatía) trajo un donativo especial para esa esa institución.
Como metáfora de proteger la ternura de la infancia ante lo efímero de la vida, medicamentos citostáticos, antibióticos, antieméticos, material gastable…coronados por juguetes, ocupaban las mesas.
Mientras, el doctor Andy explicaba –como si fuera su vida la que salvarían las donaciones– la importancia de la llegada de esos insumos salidos de los buenos deseos y el sacrificio de muchos que aman a Cuba desde distintas geografías.
«Es una realidad que nos golpea. Estamos funcionando. No hemos detenido los servicios, pero ¿saben lo que es tener un año y no parar de vomitar por la quimioterapia, y no tener los medicamentos para detener las reacciones adversas? No estamos hablando solo de salvar, sino también de tratar y de mantener la calidad de vida del paciente. Un paciente que tolera las reacciones adversas, resiste más tratamientos y se mantiene anímicamente bien».
«Quiero que no se queden con esta información, quiero que lo compartan –les dijo. Este no es solo un acto solidario, es un acto de humanidad. Están representando cómo debería ser la humanidad».
A sus palabras, la doctora miamense Nadia Marsh, integrante del proyecto Hatuey respondió: «Ustedes nos dan las gracias, pero quiero dar a los trabajadores de salud de Cuba, las gracias a ustedes, que son una inspiración para nosotros. Estamos aquí porque sirven como ejemplo para el mundo».
«Antes de venir hablé con mis compañeros en el hospital y me dijeron que cubrirían mis responsabilidades. Ellos no son activistas, son doctores regulares, pero la mayoría de las personas en EE. UU. está en contra del bloqueo y de la estrangulación que hace el imperio».
«Mis compañeros saben lo que ustedes han hecho a nivel internacional. Es un trabajo de héroes. Eso nos da fuerza para luchar. Estamos viendo que aún con el bloqueo y la falta de recursos, lo que un pueblo puede hacer cuando piensa realmente en las personas».
La solidaridad con Cuba parece algo nuevo, pero no es una flor reciente. Retoña desde hace algunos años, a sabiendas –sus cultivadores– de que el cerco imperial no es tampoco una medida reciente.
David Paul, enfermero en San Francisco, California, se llevará, a su regreso, «un compromiso», el de «no solo facilitar nueva ayuda material que merecen y requieren, sino el de educar al pueblo en ello». Y reflexionó: «¿Qué dirán en nuestros países cuando expliquemos que el bloqueo no permite que entre lo que se necesita para la vida de nuestras familias? Estamos comprometidos a seguir en la lucha», aseguró.
El doctor Andy agradece, despide a los amigos del proyecto Hatuey. Mira su reloj. Sube las escaleras hasta el séptimo piso. Suda. Recorre los pasillos con desgastadas pinturas de dibujos animados. El hospital no está al 100 % como edificación. Hay otras prioridades. «No somos una estructura, somos un corazón vivo, latiendo», lo sabe.
Continúa su recorrido por el laberinto de pasillos y salas. Pregunta en Quimioterapia Ambulatoria por sus pacientes. Sigue. Entra a la primera sala de hospitalización, Lisnatali y Anyeli sonríen junto a sus madres, les han traído un juego de parchís, como al resto de los niños que no pueden salir. Respira, abre la puerta: su «Buenos días» parece una invitación a la vida.

