¿Quién siembra realmente el terror en la región?
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La pregunta parece de fácil respuesta, y lo es. Sin embargo, el poder sobre los grandes medios y la maquinaria de propaganda estadounidenses realiza su labor: torcer el brazo de la verdad hasta lograr la paradoja de transformar a las víctimas en culpables.
Ante la crisis de su hegemonía y de la arquitectura global creada tras la Segunda Guerra Mundial, Washington busca una reconfiguración del orden mundial utilizando la coerción y la fuerza.
Codificada, a finales de 2025, en la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) de EE. UU., esta política profundiza los conflictos y establece un marco para la desestabilización de gobiernos considerados obstáculos para sus intereses.
De esta forma, la ESN priorizó el hemisferio occidental, lo que se tradujo en una suerte de declaración de propiedad sobre sus recursos naturales, justificando su apropiación por la fuerza. En línea con esta política, la Casa Blanca ha aumentado el control sobre las cadenas de suministro de minerales críticos, especialmente el litio.
Así, la aplicación de regulaciones coercitivas, la injerencia bajo la doctrina del llamado «Corolario Trump» y el uso de la fuerza militar, como ocurrió el 3 de enero en Venezuela, se han convertido en una realidad cotidiana para los latinoamericanos.
Amenazada, desde 2025, por la presencia de la marina estadounidense desplegada en el Caribe –bajo el pretexto de combatir el narcotráfico–, la región ha sufrido operaciones letales contra embarcaciones civiles, lo que constituye un acto de terrorismo de Estado.
Mientras, la actual Administración sigue una política de criminalización, persecución, encarcelamiento y expulsión de inmigrantes latinoamericanos dentro de EE. UU., manteniendo centros de detención cuyas condiciones han sido denunciadas por organismos humanitarios como crueles e inhumanas.
Además, Washington apoya abiertamente a sus aliados de derecha y extrema derecha, interfiere sin recato en procesos electorales, libera a narcotraficantes, bombardea, invade, secuestra presidentes y amenaza con destruir a Cuba.
En resumidas cuentas, la nueva ESN resucita, explícitamente, la Doctrina Monroe, añadiendo un «Corolario Trump», que persigue restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio y negar a China y Rusia el control de activos estratégicos.
¿CUBA, UNA AMENAZA INUSUAL Y EXTRAORDINARIA?
El 29 de enero, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, emitió una Orden Ejecutiva titulada «Abordando las amenazas contra Estados Unidos por parte del gobierno de Cuba» que, entre otras cosas, declara: «Considero que las políticas, prácticas y acciones del Gobierno de Cuba amenazan directamente la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos».
Una lectura superficial del texto podría resultar absurda para quien no esté prevenido. Nadie, en su sano juicio, cree que eso sea posible. ¿Un pequeño país insular, bloqueado por más de 60 años, que no es una potencia militar, es una «amenaza inusual y extraordinaria» para la primera potencia militar y económica del mundo?
Solo una mente muy depravada podría idear tal cosa. El documento afirma que La Habana apoya a países hostiles a EE. UU., una contradicción dado que se trata de naciones con las que Washington mismo sostiene relaciones.
La Orden Ejecutiva, heredera directa del memorándum de Lester Mallory, acusa a la Mayor de las Antillas de apoyar a grupos terroristas transnacionales y «actores malignos». Por ello, la Casa Blanca decide imponer un arancel adicional a las importaciones de cualquier país que venda o suministre petróleo a Cuba.
Esta medida rememora la crueldad de quienes, en el siglo xix, pretendían rendir por hambre a los habitantes del archipiélago. La barbarie de la reconcentración impulsada por Valeriano Weyler, Capitán General de Cuba, a comienzos de 1896, se queda corta ante lo que propone la actual administración yanqui.
SOBRE EL TERRORISMO, UN POCO DE HISTORIA
Recordemos cómo en mayo de 2002, el entonces subsecretario de Estado, John Bolton, pronunció el discurso Más allá del eje del mal: amenazas adicionales de las armas de destrucción masiva. Al llamado «eje del mal» –compuesto, según ellos, por Iraq, Irán y Corea del Norte– se añadieron Libia, Siria y Cuba.
Esto sirvió a la administración de George W. Bush, y a las posteriores, para fabricar, de manera falaz, una relación simbólica entre terrorismo y Cuba, base para incluirla en la lista de países patrocinadores de ese flagelo.
Durante décadas, agencias estadounidenses financiaron, entrenaron y apoyaron a grupos anticubanos que cometieron actos violentos contra la Isla, incluyendo atentados, sabotajes y asesinatos. En el arsenal de agresiones constan un centenar de variables de terrorismo, desde el atentado a aviones civiles hasta la guerra biológica y el bloqueo económico.
En Estados Unidos se llegaron a crear las redes terroristas más grandes y peligrosas del mundo. Entre ellas destacó Omega 7, fundada el 11 de septiembre de 1974, una organización responsable de decenas de ataques terroristas contra instalaciones cubanas.
A lo largo de más de seis décadas, 3 478 víctimas mortales y 2 099 discapacitados ponen rostro a las estadísticas de esta guerra no declarada.
Recientemente, solo entre marzo de 2023 y febrero de 2024, las afectaciones al sector energético y minero sumaron unos 388 millones de dólares, principalmente por la persecución a navieras, aseguradoras y bancos que impiden la llegada de petróleo a la Isla.
El esquema subversivo diseñado por el gobierno de EE. UU., tras innumerables fracasos en su objetivo de acabar con la Revolución, busca ahora asfixiar por completo al pueblo, privar al país de la energía para mover las fábricas, paralizar el transporte, apagar los hogares.
Pretenden llevar a los cubanos a un estado de desesperanza tal que quiebre su espíritu de resistencia, saben el daño que pueden causar, actúan sin importarles la muerte porque es eso lo que persiguen, cometer un genocidio.
Con la orden decretada por Trump, se calcula que Cuba tendría una ventana de supervivencia de tres a seis meses antes de una crisis humanitaria de proporciones incalculables.
El objetivo es forzar al Gobierno a aceptar una negociación de emergencia a cambio de un levantamiento temporal de sanciones, una suerte de «Pacto del Zanjón» que la convierta en una neocolonia, en condiciones aún más indignas que las impuestas en 1902.
Nada ha cambiado. Las acciones de terrorismo desatadas por el gobierno de EE. UU. fueron diseñadas para quebrar el alma de la nación, para que, movidos por el desaliento, renunciáramos a nuestros sueños de libertad y justicia.
Olvidan que la historia de Cuba es, en esencia, la de una nación que ha batallado, durante más de un siglo, por defender su soberanía. La batalla continúa, y la voluntad del pueblo cubano por defender su proyecto de país sigue siendo irreductible.

