Por los sueños de Dylan
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GUANTÁNAMO.–A piernas abiertas sobre el sofá, en la sala, manipula una cuartilla arrancada de algún cuaderno, y un lápiz; procura darle forma y color a su fantasía de ocasión. El intento será fugaz, y el final quedará inconcluso.
Poco menos de un minuto después de haber anunciado que «voy a pintar a Micifú y a Pinocho», garabatea los primeros trazos y pone a un lado el proyecto. Es hipersónica la energía de este niño que cruza raudo la puerta.
Tras él, Vanesa, su vecina y amiga contemporánea. En un abrir y cerrar de ojos revolotean afuera, entre carcajadas, dándole plenitud a esa felicidad inocente que a los seis años de vida no tiene igual.
Más, el alboroto del patio también será breve. Secundado otra vez por Vanesa, Dylan vuelve al sofá. Un fragmento de Viajemos con Sonorín –su brújula-cuaderno de navegante– lo lleva al puerto: «barquito de papel / mi amigo fiel / llévame a navegar / por el ancho mar…».
Y de nuevo cambia de actividad. Suelta el libro de personajes y poesías infantiles; da un salto y cambia el itinerario: «Vengan pa'…, pa' que vean lo que me regalaron», invita, apuntando hacia afuera.
Se detiene a un costado del rectángulo de cuadrículas cristalinas azules que centellean hacia el Sur, al impacto del sol de las 11 de la mañana. Ahora el pequeño no habla, nos mira. Tiene en los ojos el verbo y la picardía.
–Pero, el regalo, ¿dónde está?
En respuesta, el «pillo manigüero» chasquea la lengua insurrecta, se lleva la mano izquierda a la espalda, y con la otra señala el rectángulo tornasol.
–¿Y eso para qué es?
–Pa’…pa’ siempre tener corriente en la casa, ¿ustedes no lo saben? Hay vece’ que por aquí no hay corriente, pero en mi casa sí, y mi mamá me hace jugo y puré con la batidora. Y el yogur me lo tomo frío. Porque yo, mira –se toca los labios–, por aquí no puedo comer.
«Como por aquí», prosigue, tocándose un canal transparente colocado un poco a la izquierda del ombligo, a unos tres centímetros por encima. De ese mismo lado, pero en el cuello, un orificio le permite expulsar saliva.
Da un giro y se va con Vanesa. «Él es tremendo», celebra Dayanis, la madre.
Hablamos con Dylan porque sus ocurrencias son un regalo, y para disfrutar la vivacidad de sus expresiones. Pero Dayanis nos había adelantado el viacrucis que vive con él desde 2023, cuando un accidente hogareño lo empujó a «la puerta del otro mundo».
LA ODISEA
Dayanis es médico especialista en Medicina General Integral. Estaba en el Departamento de Higiene y Epidemiología, del municipio de El Salvador, cuando una voz desde el celular la dejó sin aliento.
«Mija, ven ahora mismo, Dylan está mal», atinó a decirle, desesperada, la madre, desde el Hospital Pediátrico Pedro Agustín Pérez, en la ciudad cabecera del Alto Oriente.
Dylan Cobas Silva tenía tres años de edad, y afrontaba el peligro de no llegar a los cuatro. Un dilema que fue verdugo de su mamá. El niño había ingerido líquido desengrasante. Su esófago no resistió la ingestión. «De milagro está vivo», insiste Dayanis.
El deterioro del tubo esofágico del niño obligó a practicarle dos actos quirúrgicos de extrema complejidad. Primero, una gastrectomía (remoción parcial o total del estómago), la cual modifica la estructura y el ciclo digestivo del organismo, y requiere de alimentos licuados para poder digerirlos.
Luego, una esofagostomía (consiste en suturar la pared del esófago cervical a la piel del lado interior izquierdo del cuello), para impedir el paso de la saliva al esófago torácico, y canalizar, mediante un orificio, la expulsión salivar.
DOMÉSTICOS SOBRESALTOS
Como consecuencia de sus episodios quirúrgicos, Dylan carece del jugo gástrico que hace digeribles los alimentos. Ahora su ciclo nutricional comienza en el conducto adosado a su abdomen. Pero ese dispositivo no tritura nutrientes sólidos. Hay que introducírselos procesados. Requisito complicado para un hogar con electrodomésticos silenciados por la escasez de electricidad.
«Los apagones no me dejaban darle uso a la licuadora –recuerda Dayanis–, no podía batir los alimentos de Dylan, ni tenía cómo conservarlos», confiesa. Pero «toqué puertas, y en las autoridades de la provincia encontré sensibilidad».
«Me asignaron este panel, a un costo mensual de diez pesos. Menos mal, porque, de haberme cobrado lo que en realidad vale, ¿de dónde yo iba a sacar el dinero para pagarlo? En verdad estoy aliviada y agradecida», admite, ya libre del sobresalto enorme.
Y DICEN LAS CUENTAS QUE…
El de Dylan Cobas Silva es uno de los 15 hogares de niños guantanameros con diferentes patologías, que para una mejor calidad de vida, han recibido sistemas fotovoltaicos. Los infantes favorecidos por la misma causa y con igual beneficio suman 161 en todo el país. En corto tiempo ascenderán a 282.
Si no fuera por este gesto del Gobierno cubano, la familia de Dylan tendría que pagar entre 1 250 y 1 700 dólares por los 1 200 watts de energía limpia instalada en su casa.
Las dos veces que el pequeño ha sido llevado al quirófano para, sin costo alguno, salvarle la vida en su Isla sitiada, en predios del sitiador criminal, y en otros del Norte desarrollado, costarían entre 200 000 y 350 000 dólares, según refieren fuentes especializadas.
A cargo de la plataforma internacional Bookimed, que coordina tratamientos médicos en hospitales de todo el mundo, la muestra de referencia incluye facturaciones por cirugías esofágicas practicadas en 78 centros hospitalarios durante los dos últimos años.
Por una reconstrucción del tubo esofágico (esofagoplastia), como la que espera este niño para recuperar su alimentación por vía oral, en la suntuosa tierra de sitiadores, de violencia racial, y de humillantes desigualdades, la erogación es de 30 000 dólares como mínimo. En su Cuba agredida recibirá el beneficio sin costo alguno.
MÁS QUE SUEÑOS
En eso de ser mecánico, aunque él lo proclama como su oficio futuro, todavía no hay certeza. Ni en los juegos ni en los dichos le da credibilidad a la vocación anunciada.
Basta con observarlo un rato en su mundo: Dylan, a los seis años de edad, es marinero, goleador, beisbolista, chofer, aeronauta…, un huracán de vitalidad y sueños que por minuto cambia de inclinación.
Dayanis, por su parte, no alberga dudas; «será lo que él se proponga –dice–, ya ustedes lo ven, tiene potencial y no le faltarán oportunidades. Sueño con eso, y aspiro a ejercer de nuevo la Medicina, que es otra de mis pasiones».
Tal vez los años inviten a volver sobre esta niñez y sus circunstancias. Quizá una historia así, ante miradas extrañas muestre cariz de milagro. Acaso alguien dirá que no, que lo vivido aquí es terrenal; desvelo insumiso por lo sagrado ante el apretón de una mano soberbia.
Probablemente defienda el ímpetu del país que, sin temblar, le bajó los humos a un águila que amenaza. O hable de unos seres que andan hoy por ahí, ojerosos de tanto cuidado a sueños como estos de Dylan y Dayanis.

