Panel al hombro y loma arriba
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Jalda del Macho, Maisí.–Un viento ligero lleva el aroma del cafetal hasta los muchachos que desafían el camino angosto entre los plantíos del cerezo, sin reparar en la humedad heredada de la noche anterior, que lo hace peligrosamente resbaladizo.
Son fuerzas conjuntas de Copextel, la Organización Básica Eléctrica y el Centro de Electrónica y Desarrollo de Aplicaciones Inteligentes, las que unen empeño para electrificar, con paneles fotovoltaicos, viviendas en lugares de difícil acceso, como Jalda del Macho, en Maisí.
En este lugar el calor no es de esos que meten miedo. No obstante, a veces la gente necesitaba usar un ventilador y no tenía donde conectarlo.
Luz eléctrica, hielo, televisión, refrigerador… hasta hace muy poco eran «personajes» raros en sitios como este, recóndito y sin infraestructura electroenergética.
Subir a Jalda del Macho es un reto mayúsculo. Antes de emprender la escalada, en el batey de Vertientes, hay que abandonar la carretera matriz, e ir –a pie y contra la gravedad– al encuentro de hogares dispersos entre cafetales de estos confines, varios kilómetros monte adentro.
DESAFÍOS
«En cada pie llevan un jabón rojo», advierte un lugareño. Su alerta, metáfora del peligro, alude a la amenaza y al color del suelo reblandecido, en el que cualquier pisada imprecisa puede acabar en estrepitosa caída.
Mas, no es un reto nuevo para los «jóvenes de la luz». Acumulan decenas de incursiones por arrabales lejanos del Alto Oriente, llevando claridad a las viviendas aisladas en sitios agrestes del lomerío, donde no llega la red del Sistema Eléctrico Nacional.
La meta de esta fuerza es materializar un sueño de la gente de por aquí: tener electricidad. Son jornadas continuas, de sol a sol. Caminan kilómetros y kilómetros con los medios a cuestas, extremando el cuidado para preservarlos.
Ya en el destino, el trabajo entra en otra fase no menos intensa. Empiezan a desplegar andamiajes, a fijar paneles, instalar los componentes de cada módulo, activarlos y comprobar su vitalidad.
Las marcas de tal esfuerzo las llevan casi todos en el relieve de sus manos endurecidas, por cicatrices y callos. Pero esa entrega los ennoblece, confiesan ellos de distintas maneras. Saben que el empeño ha hecho claras las noches en varias partes de la intrincada geografía de Guantánamo.
LO QUE UN DÍA FUE, NO SERÁ
Los «jóvenes de la luz» han visto sonreír a quienes viven en Los Torteros de El Salvador, o en lugares inhóspitos de Niceto Pérez, Yateras, Imías, San Antonio del Sur, Manuel Tames, Baracoa, Caimanera, Maisí, cuando en sus casas se activa una lámpara o gira el ventilador. Esas estampas renuevan las energías.
Como en otros confines del territorio guantanamero, la instalación de paneles en la Jalda del Macho contó con apoyo de fuerzas locales y de un enjambre identificado como Red Juvenil Comunitaria, muy activa por estos días en tareas prioritarias de la provincia.
Los módulos de hasta dos kilowatts de potencia han favorecido a tres centenares y medio de hogares aislados en las montañas del Alto Oriente. Y no paran: son parte de la estrategia hacia el cambio de matriz energética.
Para satisfacer sus necesidades diarias, Guantánamo precisa más de 1 350 MWh de corriente eléctrica. Trabaja para en 2030 cubrir con fuentes alternativas más de un tercio de esa demanda.
Es una meta que exige constancia y empuje como el de estos días en las montañas guantanameras, cuando unos jóvenes llevan sobre sus hombros rectángulos tornasol que parecen joyas del cielo, estampadas para iluminar la vida en hogares aislados del Alto Oriente.

