Nuestros hijos también «sobran»
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A golpes de mucho nos van destrozando la capacidad de sorprendernos. Pero una cosa –de por sí bastante cruda– es ya no poder ser carne del asombro… y otra muy distinta, dejar de ser presa de la sensibilidad, de la joroba en el pecho, la rabia y el asco cuando matan a un niño.
Y no es uno. En menos de dos semanas, solo en Irán, 180 infantes han sido asesinados por los embates de Israel y Estados Unidos. Del número –¡le estoy diciendo «número» a niños muertos por bombas!–, 168 eran mujercitas de entre 7 y 12 años.
A manos de los mismos garroteros, en Líbano se confirman 83 niños muertos desde el 2 de marzo, que se suman a la lista macabramente humana de otros 329, asesinados también en ese país, por Israel, apenas en los últimos 28 meses.
Un poco más al sur, en la Franja de Gaza, los organismos internacionales constatan que más de 64 000 pequeños han resultado muertos o mutilados por el ente sionista, interventor y colonial, solo desde octubre de 2023. Más de 56 000 han perdido a uno o ambos padres.
No es una novela. No es una crónica de Indias encontrada en el polvo de cientos de años. No está ocurriendo en una galaxia más o menos lejana. Está pasando aquí y ahora, delante de las cámaras de televisión y de los teléfonos inteligentes, delante de un mundo que lo está viendo todo, sí, lo está viendo, y no hace nada.
Desde el contexto cubano, es de vida o muerte entender y asumir cómo se interconectan estas violencias con nuestras realidades.
Nuestros hijos e hijas no están, en el minuto que corre, más a salvo que los hijos e hijas de iraníes, libaneses y palestinos. Nuestros hijos e hijas están bajo el colimador de los mismos aviones y de los mismos aparatos de inteligencia.
No solo los nuestros, también los de todas las personas que yacen hoy «mal parqueadas» en el mundo, por decirlo de alguna forma.
Todos los que están viviendo encima de tierras raras o minerales importantes, cerca de ríos estratégicos, en estrechos geopolítica y económicamente neurálgicos: «sobran». Todos los que «se tienen que ir» y ya dijeron que no se van de –ni a– ninguna parte: «sobran».
A los que en la sangre se nos cruzan más razas que a un perro sato, los del trauma colateral de los siglos, las fronteras quebradas y las promesas incumplidas por tiempo, tampoco somos bienvenidos.
Y no es que nos sorprenda a estas alturas –qué crudo no ser carne del asombro–; es que algo tenemos que acabar de hacer con la sensibilidad, con la joroba en el pecho, la rabia y el asco cuando nos vengan, otra vez, a matar un niño. Ya han venido. Ya sabemos.

