No puede criminalizarse el amor
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Llegarán a Estados Unidos con la frente en alto. Pudieran ser sometidos a presiones por las autoridades migratorias, pero la treintena de jóvenes estadounidenses —que llegaron a tierra cubana como parte de los más de 650 integrantes de 33 países del amoroso y solidario Convoy Nuestra América— ya tienen grabada en la piel y en la voz la respuesta que darán.
«Hemos estado junto a un pueblo que está decidido a luchar por su autodeterminación y por todas las causas justas del mundo». Lo dijo Manolo de los Santos, codirector ejecutivo del The People’s Forum, el sábado último, en el acto de recibimiento oficial a los participantes de esta hermosa y necesaria iniciativa. No fue una declaración al azar. Fue la constatación de un viaje que no se mide en millas, sino en dignidad.
«Estamos preparados para cuando regresemos a nuestros países y nos presionen e interroguen decirle que hemos podido escuchar y conocer a un pueblo que no se va a rendir; a un pueblo dispuesto a dar la vida por la humanidad y en su propia defensa». Responderán con la firmeza de otras veces, en las cuales, incluso han sido arrestados y han tenido que enfrentar el odio de quienes no aceptan la existencia de la Revolución Cubana.
No pocos recordarán que, hace tres años, integrantes de la delegación juvenil de The People’s Forum fueron interceptados por la Patrulla Fronteriza y de Aduanas de Estados Unidos, a pesar de haber viajado legalmente a nuestro país. Les incautaron los teléfonos, los registraron, los interrogaron desmedidamente. En Miami y en Newark autoridades del imperio mostraron su obsesión.
«Este comportamiento escandaloso busca intimidarnos y criminalizar nuestro derecho a viajar e intercambiar. ¡Exigimos la liberación de nuestros compañeros restantes! ¡No seremos movidos! Nuestro compromiso de poner fin al bloqueo de Estados Unidos a Cuba solo crecerá», denunciaron entonces desde The People’s Forum. Y cumplieron, porque su lucha ha sido incansable, constante… en los últimos años como amigos que comparten la suerte de sus amigos.
Como declaró entonces el propio Manolo de los Santos al destacar que «la naturaleza política del interrogatorio implica un nivel de acoso que no se había visto en años», iban a «fortalecer nuestras luchas». Ahora vuelven. Y vuelven en un momento en que la asfixia contra Cuba se ha recrudecido con una orden ejecutiva —la del pasado 29 de enero— que pretende cercar hasta el último aliento energético de la Isla.
Regresan sabiendo que pueden ser arrestados otra vez, que tal vez les esperen con mecanismos de intimidación. Pero también regresan con una certeza más poderosa que cualquier amenaza: la solidaridad no es un crimen; el bloqueo, sí. Lo dijeron claro al traer en sus miles de toneladas no solo medicamentos, paneles solares y alimentos, sino una carga aún más valiosa: amor, optimismo, rebeldía y la verdad que han visto con sus propios ojos.
Y así han comprobado que Cuba no es una amenaza para Estados Unidos ni para nadie. Que lo único genocida es quitarle a un pueblo el derecho a la vida, a la paz, al combustible, a la salud… Y que esta Isla, asediada pero inconquistable, es «ejemplo vivo de lo que significa crear una verdadera alternativa contra el horror del capitalismo, del imperialismo».
Han venido porque la Mayor de las Antillas está dispuesta al diálogo y a la cooperación con el Gobierno de Estados Unidos, sin renunciar a los principios de la Revolución, de no cumplir órdenes de nadie y de tener en sus genes raíces revolucionarias y fidelistas. Es Washington, con su bloqueo económico, comercial y financiero de más de seis décadas y su renovada crueldad el que impone los obstáculos entre las dos naciones.
Por eso, cuando los jóvenes del The People’s Forum crucen de regreso la frontera, no lo harán con miedo. Lo harán con la memoria de un pueblo que no se rinde, con la certeza de que la lucha por la justicia no es solitaria, y con la respuesta que ya llevan para cualquier interpelación. Ellos responderán con la verdad que aprendieron en Cuba: la de un pueblo dispuesto a dar la vida por la humanidad. Y esa verdad, por más que el imperio intente, no podrá ser nunca acallada.

