El estoicismo de un Héroe
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No muchas personas tienen el privilegio, la salud, el estoicismo –y si alguien desea puede añadir también: la cubanísima tozudez– de coronar 95 calendarios de vida. Es, indiscutiblemente, una dicha.
Y no 95 almanaques cualquiera. Nueve décadas y media con el pie todo el tiempo bien afincado en el estribo, las llamas bajo los ijares del corcel y el machete a lo Maceo, a lo Gómez.
Hasta un escolar sabe que se trata de Raúl: un hombre a quien (no puedo evitar decirlo) en todos los escenarios públicos donde lo he visto, de tú a tú con la gente, con el pueblo, suele terminar cargando niños, conversando ocurrentemente con ellos, como solía hacer desde los decisivos días de la Sierra (por ahí sigue haciendo tierna historia una foto suya, agachado frente a una niña campesina), o regalándoles una de las plumas que siempre acostumbró a obsequiar, como hizo con la pequeña Denisbel, en Guayabal, litoral sur tunero, «para que le hagas una carta a abuelito Fidel cuando aprendas a escribir».
Ese ha sido –también– Raúl, el hombre siempre al lado de Fidel y viceversa, el joven que, con adulta madurez, se echó a cuestas todos los rigores e inclemencias de la lucha guerrillera.
No sé si alguien se habrá hecho la pregunta alguna vez o si alguien lo ha meditado, pero si un hombre se propuso no fallarle jamás al Comandante en Jefe (porque hubiera sido fallarle a Cuba entera, a la historia, a Lina, a Ángel y a sí mismo), ese fue y sigue siendo él.
Por eso le metió pecho –¡y sí que lo hizo, con todo!– al Moncada, al posterior presidio, a México, al apretadísimo espacio de aquel yate, compartido con otros 81 corajudos; a los manglares de Las Coloradas, a Alegría de Pío, a Cinco Palmas, al poderío enemigo en plena montaña, a ese Segundo Frente que Fidel puso en sus manos y que convirtió en territorio modelo, preludio de lo que vendría…
No sé, de verdad, en cuántos países la población evocará con tanta admiración, respeto, cariño e identificación real, a altas figuras del ámbito militar.
Solo sé que –a Raúl– pasadas, presentes y futuras generaciones lo recordarán siempre como el entrañable Ministro de las FAR, Ministro del Pueblo, con una marcialidad y un virtuosismo congénitos, una sensibilidad humana sin margen a dudas, una jocosidad auténticamente criolla y un carisma a prueba de bombardeos, como este último que han pretendido hacerle los desarmados y desalmados de un imperio que pierde constantemente ese estribo en el que solo afincan seguros el pie, quienes un poco más arriba tienen lo que le basta a un hombre de verdad para no temerle a nada, jamás declinar su espada y no dejarse vencer.

