Dejar una huella hermosa en el espíritu de la sociedad
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«De ver e imitar, de sentir y decir», aseguraba Martí, nace el arte. Con esas palabras dejaba claro el valor de las repercusiones en el cultivo y posterior desarrollo de esa semilla que humaniza y distingue; y apuntaba a la espontaneidad de la expresión y del sentimiento, toda vez que se implanta.
Que el arte llegara al pueblo fue uno de los imperativos de la naciente Revolución Cubana. De ese noble propósito, que haría de la Isla un escenario cultural sin precedentes, sobran ejemplos, incluso antes de que Fidel fundara, el 14 de abril de 1961, la Escuela Nacional de Instructores de Arte (ENIA), que por dificultades económicas, entre otras razones, se detuvo varios años después. Retomado el proyecto como una de las acciones de la Batalla de Ideas, el Comandante en Jefe propone la creación de las nuevas Escuelas de Instructores de Arte (EIA) y, en 2004, tuvo lugar su primera graduación.
Estos maravillosos centros han dado al país valiosos frutos. Graduada de la ENIA, Olga Alonso González, nacida el 18 de febrero de 1945, fue una de sus más preciadas discípulas. El 4 de marzo de 1964, mientras procuraba llegar hasta donde la esperaba un grupo de campesinos para recibir sus clases, el auto en que viajaba se averió y se volcó. En el siniestro, la joven perdió la vida. En su honor, el 18 de febrero quedó establecido en el país como el Día del Instructor de Arte.
LAS ARTES ABRAZAN
Aramís Guillama Quiala es instructor de Artes Plásticas en la escuela primaria Frank Hidalgo Gato, ubicada en calle 19, entre 6 y 8, en el municipio de Plaza de la Revolución. Egresado en 2004, fecha correspondiente a la primera graduación de la EIA, nos cuenta: «No voy a mentir, al principio me sentía lleno de incertidumbres y temores, pues, por primera vez, iba a enfrentarme a un aula y convertirla en un taller de artes plásticas...
Pero al vivir esta nueva experiencia, Aramís no halló «palabras para describirla. Llegué a la cúspide de la satisfacción al ver cómo estos pequeños discípulos aprendían y compartían conmigo un universo inimaginable de buenas ideas, en función de las artes plásticas y visuales; y lo hacían así, sin frenos, con inocencia, con una técnica exquisita acatada y aprendida en mis talleres.
«El instructor de arte, tal como lo indica la denominación, debe enseñar lo que sabemos, pero para poder saber, primero tenemos que ser artistas, sentir y conocer nuestra especialidad para poder transmitirla, y eso nos diferencia de otras enseñanzas», explica. «Estudiamos, nos preparamos, y después ofrecemos nuestro conocimiento para dejar una huella hermosa en el espíritu de la sociedad. Las artes abrazan los corazones y el alma, por eso pueden cambiar, para bien, algunas realidades de la vida cotidiana», asegura.
LLEVAR DENTRO DE SÍ EL «BICHITO» DE LA ENSEÑANZA
«Cuando estaba en noveno grado estuve preparándome para la Escuela Nacional de Arte, en la especialidad de Teatro», nos relata Adriana Toirac, egresada de la 5ta. graduación de la EIA. «Al final no me presenté, pero sabía que el teatro era lo mío. Cuando llega la opción de la EIA, vi las puertas abiertas, porque a mí –como a mi mamá, que es sicopedagoga– siempre me ha gustado el magisterio, y ese «bichito» también lo tengo en mí; y como me gustaba enseñar, y el arte, pues era justo lo que estaba esperando. Hice las pruebas de teatro y las aprobé», refiere.
Adriana trabaja hoy en el proyecto Arte 92, que tiene diez años de creado y pertenece a la Casa de Cultura de Diez de Octubre. «Hoy enseño a niños de seis a diez años, en talleres de artes visuales. Para enseñar arte a los niños hay que motivarlos, pero en el caso de la pintura, el dibujo, es más sencillo, porque nosotros casi nacemos con una crayola en la mano. Necesitamos exponer lo que tenemos dentro y desde pequeñitos, los niños están pintando todo lo que se les pone delante, tienen necesidad de expresarse de esa manera», comenta.
La especialista alude también a los beneficios que tiene el hecho de que los niños, aunque no vayan a ser artistas finalmente, tengan un acercamiento al arte porque «ese conocimiento, esas aptitudes que desarrollan, esa forma de ver la vida, les va a reportar siempre algún provecho. Los ayuda a crear nuevas realidades, y eso es bueno para que no se conformen y opten por hacer algo mejor», nos dice.
Como si supiera que indagaríamos en las cualidades que deben tener los instructores de arte, Adriana se nos adelanta: «Tienen que ser muy sensibles, en primer lugar, porque son una especie de muchas cosas, son artistas, pero son educadores, y también son trabajadores sociales, y hasta un poquito amigos. Entonces la sensibilidad y la empatía en ellos son fundamentales».
Y así resume sus impresiones: «Y hay que sentir amor y tener vocación por lo que uno hace, lo que enseña y lo que muestra. Para poder enseñar arte, hay que sentir como artista. Hay que ser eso, artista, y hay que querer dejar un legado en las nuevas generaciones».
LEVANTAR CON SUS SABERES LA CULTURA
Casi fundador de la EIA Eduardo García Delgado, con diez años de trabajo en el centro como profesor de Español–Literatura, Yoylán Cabrales Gómez avala cuestiones muy importantes que guardan relación con los instructores de arte.
En el intercambio que con él sostuvimos, nos habló de sus valoraciones sobre estos profesionales. «He sabido lo satisfactorio que es para los niños, las niñas, y los estudiantes en general, el haber tenido a un instructor de arte en su escuela; porque el arte, como se ha dicho, salva.
«El arte te ayuda a soñar, a tener un referente, te reviste de cultura, te ayuda a mejorar en muchos aspectos de la vida cotidiana, te permite ver la vida de otra manera, te alivia de muchos agobios», considera.
«Yo he escuchado a alumnos decir que sentarse a pintar con el profe de Plástica, o hacer teatro con su instructor, los ha librado de un problema familiar. Son realmente importantes; y que, en las escuelas, se mantenga y crezca esa presencia, depende mucho de la persona que lo ejerza, y también del apoyo de las instituciones para que ellos puedan desarrollar su trabajo, en medio de las carencias.
«Si un profesor de Español necesita ilustrar sus clases con una película o una canción, es el instructor de arte la persona que se debe encargar de facilitarlo», esgrime.
Hacia sus palabras finales, el docente defiende un criterio, que sus interlocutoras también asumimos: «El instructor de arte es la persona que se va a encargar de levantar esa cultura que, a veces, está por el piso, y para lograrlo, da lo mejor que tiene, que son sus conocimientos y sus ganas de aportar».

